Tanto qué decir y tan poco espacio sobre: Sherlock Holmes, por Sir Arthur Conan Doyle.

Blog # 242 (Y con éste restan 123 blogs para completar el bonito experimento de un blog por día. Mueren Prince y Chyna en menos de 24 horas. Que el fin nos agarre confesados, como diría mi abuelo).

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¿Se puede reconocer a Holmes sin su sombrero y su pipa, tan típicos en él?

“Elemental, Mi querido Watson” es una frase que algunos aseguran que Sherlock Holmes nunca mencionó  en sus historias, al aclarar lo que para él era evidente a su amigo y colega en la resolución de misterios, el Doctor John Watson, pero la verdad va más allá de la mención de la icónica frase por partes – que dijo “Elemental” en una historia y “Querido Watson” en otra- pues en el Intérprete Griego sí llega a mencionarla.  Y es que el universo de Sherlock Holmes vale para ser ampliamente explorado y estudiado, que Sir Arthur Conan Doyle, pese a odiar a su hijo de papel y tinta por robarle algo de fama, hizo bien su trabajo al redactar los casos y aventuras del célebre detective.

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El gorro de cazador de gamos fue colocado por un ilustrador de Holmes, pero se menciona que usa uno en Estrella de Plata.

El segundo de tres hermanos, Sherlock Holmes desarrolló en su adolescencia un increíble talento para deducir por medio del arte de la observación, mismo que iría cultivando al dedicar amplios estudios a la geología, fisonomía humana, química, entre otros, que son célebres sus ensayos sobre la ceniza de los cigarros. Y que sería precedente de los estudios en criminalística. Su primer caso, como contara a Watson, fue el de la Corbeta Gloria Scott, que era un caso de chantaje al padre de un amigo que le invitara a pasar el fin de semana con él, y a éste le seguirían muchos más, como el presentado en la primera novela del personaje, realizada por Conan Doyle durante sus ratos libres mientras atendía su local de oftalmología, el cual permanecía casi siempre vacío, y que nos presentaba a Holmes a partir de la narración de Watson, quien develaba rápidamente de lo que era capaz el enigmático caballero con el que se iría a vivir al 221B de Baker Street.

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Casual, que llegas del Afganistán y te pasas a vivir con un excéntrico.

A partir de aquí es cosa de quedar boquiabiertos con la habilidad deductiva de Holmes, que primero describe lo que sucedió en una escena, a lo que nosotros parecemos atribuirlo como magia. Pero al poco tiempo esta  misma posibilidad queda descartada cuando el caballero se toma la molestia de describirnos los pasos que tomó en cuenta para reconstruir la escena del crimen: Huellas de zapatos le dicen  la altura de quien los portaba al calcular a partir de las zancadas, la tela de su camisa al encontrar un poco de fibra clavada en una puntilla, si el sospechoso era zurdo o diestro según la manera en la que el arma incriminatoria fue sujetada, etc. Y esto es en lo que Holmes es muy bueno, y a lo que se dedica en cuerpo y alma, usando la resolución de casos como forma de combatir el aburrimiento, más no viviendo de ellos, que al parecer no cobraba por sus servicios muy seguido, aceptando en ocasiones sólo el pago de sus gastos.

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O Holmes era un potentado, o un mantenido.

Si bien es cierto que tenía vicios, como la pipa, que fumaba con tabaco que guardaba en una zapatilla persa y su famosa inyección de cocaína al 7%, la voluntad de Holmes y su mente fría y calculadora primaban sobre todo tipo de obstáculo perverso que se pusiera en su camino, pues su sentido de justicia lo impulsaba para dar con la resolución de los casos que aceptaba, aún teniendo en contra la incredulidad del inspector Lestrade, quien siempre se inclinaba de antemano por la solución más simple a los casos que investigaba, pero en los que Holmes veía patrones que eran imperceptibles para la policía, y para cualquiera, llegando su resolución. Pero la fama de infalible a veces lo hacía pasarse de confiado, pues hubo ocasiones en las que Holmes no las tuvo  todas, como el caso de Escándalo en Bohemia, donde encontró en una dura contendiente a Irene Adler, a quien no pudo sustraer unas fotos con las que chantajeaba al rey de Bohemia  y quien incluso lo burló al ir disfrazada de hombre, y que desde entonces, para él, sería quien le robara suspiros al considerarla “La Mujer”.

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Fue una derrota para Holmes, y tal vez la más agradable.

Reconocible en este ícono de la novela de detectives es su postura al escuchar los detallados relatos que le ponían sus clientes, y que él complacido escuchaba sentado en su sillón con los codos en las rodillas y los dedos entrelazados con el mentón en el pecho, el que no dedicara un rato al descanso y a comer por cavilar sobre las pistas del misterio que tenía entre manos, y su habilidad con el barítsu, un arte marcial que involucraba postura y manejo magistral del bastón contra el enemigo como si se tratara de un duelo de esgrima. Que aparte de ser un “cerebro con apéndice”, como él mismo se consideraba, era un luchador formidable.

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Y pelea tan bien como resuelve crímenes.

Fuera de Watson, los personajes secundarios que repoblaban las historias de Holmes tenían una importancia variable, como es el caso de la Sra. Hudson, la casera de Holmes y Watson, y la cual no tenía mucho parlamento, haciendo labores como llevar comida y correspondencia. El mismo Lestrade, que era desesperante al intentar sobreponerse sobre Holmes, y quien gracias a éste último recibía el crédito de los casos que resolvía, que al detective no le parecía que le conviniera ser mencionado en los diarios, pues su profesión requería que se mantuviera en secreto – aunque Watson se encargaba de arruinar su anonimato con sus transcripciones-. Los Irregulares de Baker Street, niños mendigos que indagaban para Holmes como su guardia de espías personales, y el chico que hacía de portero en el domicilio, y que en una obra teatral recibió el nombre de Billy, interpretado por un joven Charles Chaplin. Y cómo olvidar a Mycroft, hermano taciturno de Sherlock, y a la esposa de Watson, Mary Morstan, de los que me gustaría hablar más adelante.

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Menos mal Holmes tenía reparto de sobra para que lo soportaran.

Pero si hablamos de personajes, mención especial merecen sus adversarios. Muchos variaban en motivos y formas para cometer sus crímenes, y creían que cometían el crimen perfecto hasta que se topaban con Holmes. Si bien gracias a la extensa historia que las primeras historias de Doyle nos presentaban, conocíamos motivaciones e historia personal del sospechoso, y hasta considerábamos disculparle por su crimen. Al menos ése fue mi caso con Jefferson Hope, en Estudio en Escarlata, y no tanto  con Jhonathan Small de La Marca de los Cuatro, que el autor dedicó muchas líneas en contarnos una historia que parecía una novela dentro de la novela.

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Crímenes impulsados por las desgracias propias, que el mundo no es blanco ni negro.

Y siendo Holmes alguien que operaba al margen de la ley como consultor, había ocasiones en las que dejaba escapar al culpable por considerar al final que no actuaba por malicia, algo destacable que lo acercaba casi al nivel de un vigilante. Pero sin duda había alguien con el que el detective no estaba para dilemas, y ése era un enemigo a su altura, que con su presencia llegaba a tumbar la postura de hombre frío de Holmes, y que enfrentarlo a él era lo mismo que encarar a toda una red de peligrosos criminales, que si había alguien capaz de personificar a Holmes en el mundo del pillaje, ése era el Profesor Moriarty. La peligrosidad de Moriarty se limitaba a que es un personaje al que se teme más por su fama que por su persona, pues sus métodos y alcances no tenían límites, y según Holmes, como cuenta a Watson en El Problema Final, él había estado observando al detective en ocasiones que afectaban sus asuntos ilícitos, que disimulaba bajo la fachada de un preparador de soldados. Previo al conflicto final entre Holmes y Moriarty, que implicó una reconstrucción de los hechos por Watson a partir de una nota dejada por su amigo en las cascadas de Reichenbach, y la tierra revuelta, el incansable enemigo de Sherlock los siguió a él y a su mejor amigo por Europa, siendo ocasionalmente despistado, más no definitivamente. Esto significaría la muerte de un ícono de la novela policiaca, pero que su fama y una presencia superior al autor – su madre-  devolverían de la tumba literaria. Y eso y más me encantaría contárselos en otro artículo, que ya me he extendido más allá de la cuenta.  Nos vemos la próxima semana.

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Más de uno podría calificar para ocupar la enigmática silueta.
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